El amigo fiel de Oscar Wilde

Una mañana, la vieja Rata de Agua sacó la cabeza fuera de su madriguera. Los patitos nadaban en el estanque mientras su madre trataba de enseñarles a mantener la cabeza bajo el agua.

-Nunca podréis codearos con la alta sociedad, a menos que aprendáis a manteneros bajo el agua -les repetía mientras les mostraba cómo se hacía.

Pero los patitos no prestaban atención. Eran tan pequeños que no entendían las ventajas de pertenecer a la sociedad.

-¡Qué chiquillos más desobedientes! -gritó la vieja Rata de Agua-. Realmente merecen ser ahogados.

-¡Qué cosas dice usted! -respondió la Pata-. Nadie nace enseñado y a los padres no nos queda más remedio que tener paciencia.

-¡Ay! No sé nada de los sentimientos de los padres -dijo la Rata de Agua-. No soy madre de familia, pero creo que más importante que el amor es la amistad. No creo que haya nada en el mundo más noble ni más raro que una amistad verdadera.

-Y dígame usted, por favor, ¿cuáles son, a su juicio, los deberes de un amigo fiel? -le preguntó un Pinzón Verde, que estaba por allí.

-¡Qué pregunta más tonta! -exclamó la Rata de Agua-. Qué duda cabe de que, si un amigo mío es fiel, es porque me es fiel a mí.

-¿Y usted qué haría a cambio? -preguntó el pajarillo.

-No te entiendo -le contestó la Rata de Agua.

-Deje que te cuente un cuento sobre eso -dijo el Pinzón-. Érase una vez un honrado muchacho llamado Hans. Vivía solo, en una casa pequeñita y todo el día lo pasaba cuidando del jardín, el más bonito en los alrededores. El pequeño Hans tenía muchísimos amigos, pero el más fiel de todos era el grandote Hugo el Molinero. Tan leal le era el ricachón Hugo al pequeño Hans, que no pasaba nunca por su jardín sin inclinarse por encima de la tapia para arrancar un ramillete de flores, o un puñado de hierbas aromáticas, o sin llenarse los bolsillos de ciruelas y cerezas, si estaban maduras.

“Los amigos verdaderos deberían compartir todas las cosas”, solía decir el Molinero. Hans asentía y sonreía, muy orgulloso de tener un amigo con tan nobles ideas. A los vecinos les extrañaba que el rico Molinero nunca diera al pequeño Hans nada a cambio. Pero a Hans nunca se le pasaban por la cabeza estos pensamientos y nada le daba tanta satisfacción como escuchar las maravillosas cosas que el Molinero solía decir sobre la falta de egoísmo y la verdadera amistad.

El pequeño Hans trabajaba en su jardín. Durante la primavera, el verano y el otoño era muy feliz; pero llegaba el invierno y se encontraba con que no tenía ni fruta, ni flores que llevar al mercado, y sufría mucho por el frío y por el hambre. En ocasiones tenía que irse a la cama sin más cena que unas cuantas peras secas o algunas nueces duras. Además, nadie iba a verlo, ni siquiera su amigo el Molinero.

Un año, tan pronto como acabó el invierno, el Molinero le dijo a su mujer que iba a bajar a ver al pequeño Hans. El Molinero preguntó a Hans qué tal había pasado el invierno. Hans contestó: “Eres muy amable al preguntármelo. Te diré que lo he pasado bastante mal, pero ya ha llegado la primavera y estoy muy contento, y todas mis flores están hechas una maravilla”.

El Molinero le dijo: “Hemos hablado muchas veces de ti este invierno, Hans y nos preguntábamos qué tal te iría.

Hans dijo: “Qué amables sois. Y yo que me temía que me hubierais olvidado”.

El Molinero reclamó: “Hans, me sorprendes. Los amigos nunca olvidan. Eso es lo más maravilloso de la amistad. Y, a propósito, ¡qué bonitas están tus prímulas!

Hans dijo; Realmente están preciosas. Voy a llevarlas al mercado y se las venderé a la hija del alcalde, y con el dinero que me dé compraré otra vez mi carretilla.

El Molinero se sorprendió; “¿Cómo? ¿Que comprarás de nuevo tu carretilla? ¡No me irás a decir que la has vendido! ¡Qué cosa más tonta!

Hans le contó lo ocurrido: “No tuve más remedio que hacerlo. Pasé un invierno muy malo, y no tenía dinero ni para comprar pan.. Ahora, con lo que saque por todo esto, lo recuperaré todo.

El Molinero le dijo: “Hans, voy a darte mi carretilla. No está en muy buen estado, pero a pesar de todo voy a dártela. Ya sé que es una muestra de generosidad por mi parte, pero creo que la generosidad es la esencia de la amistad y, además, tengo una carretilla nueva”.

Hans le dijo: “Es muy generoso por tu parte. La puedo arreglar fáciImente, pues tengo un tablón en casa”

El Molinero exclamó: “¡Un tablón! Pues eso es lo que necesito para arreglar el tejado del granero, que tiene un agujero muy grande. ¡Es una suerte que me lo hayas dicho! Es sorprendente ver cómo una buena acción siempre genera otra. Yo te he regalado mi carretilla y ahora tú me vas a dar una tabla”.

Hans fue a por la tabla. Tras tenerla en su poder, dijo el Molinero: “No es una tabla muy grande. Me temo que, después de que haya arreglado el granero, no sobrará nada para que arregles la carretilla. Claro que eso no es culpa mía. Bueno, y ahora que te he regalado la carretilla, estoy seguro de que te gustaría darme a cambio algunas flores. Aquí tienes la cesta, y procura llenarla hasta arriba”.

Hans dijo, muy afligido: “¿Hasta arriba?”. Hans sabía que si llenaba esa enorme cesta no le quedarían flores para llevar al mercado y necesitaba el dinero para recuperar sus pertenencias.

El Molinero dijo: “Como te he dado la carretilla no creo que sea mucho pedirte un puñado de flores”.

Hans, que prefería mantener su amistad que recuperar sus cosas, lleno de flores la cesta del jardinero. El Molinero cogió la tabla y las flores y, dándole las gracias a Hans, se fue.

Al día siguiente Hans oyó la voz del Molinero, que le llamaba desde el camino, que llegaba con un gran saco de harina al hombro.

El Molinero le dijo:”Querido Hans, ¿te importaría llevarme este saco de harina al mercado?”

Hans estaba muy ocupado con sus quehaceres y no podía dejarlos. Pero el Molinero le reclamó: “Teniendo en cuenta que voy a regalarte mi carretilla, es bastante egoísta por tu parte negarte a hacerme este favor”.

Hans, que no quería ser egoísta, dejó lo que estaba haciendo para ir a llevar el saco de harina al mercado, cargándolo en su espalda. Cuando lo vendió regresó con el dinero pensando que, a pesar de que había sido un día duro, al menos el Molinero le daría su vieja carretilla.

Al día siguiente el Molinero fue a por lo suyo, pero Hans aún no se había levantado, de lo cansado que estaba. El Molinero le reclamó su pereza: “Qué perezoso eres. La verdad es que, teniendo en cuenta que voy a darte mi carretilla, podías trabajar con más ganas. No te parezca mal que te hable tan claro. Por supuesto que no se me ocurriría hacerlo si no fuera tu amigo. Pero eso es lo bueno de la amistad, que uno puede decir siempre lo que piensa”.

Hans se disculpó. Tras ello, el Molinero le pidió que le ayudara a arreglar el tejado de su granero. El pobrecito Hans estaba deseando ponerse a trabajar en el jardín, pero no quería decir que no al Molinero, que era tan amigo suyo. Finalmente, Hans no solo fue a ayudar a su amigo con el tejado, sino que lo hizo él solo.

Cuando Han acabó, el Molinero le dijo; “¡Ay! No hay trabajo más agradable que el que se hace por los demás”.

Y así fueron pasando los días, el Molinero pidiendo favores y Hans haciéndolos, a pesar de no poder dedicarse a lo suyo pero, al fin y al cabo, le había prometido la carretilla. Así que el pequeño Hans seguía trabajando para el Molinero, y el Molinero seguía diciendo cosas hermosas sobre la amistad.

UEl amigo fielna noche Hans oyó un golpe seco en la puerta. Allí estaba el Molinero, que le dijo: “Querido Hans, mi hijo pequeño se ha caído de la escalera y está herido y voy en busca del médico. Pero vive tan lejos y está la noche tan mala, que se me acaba de ocurrir que sería mucho mejor que fueras tú en mi lugar. Ya sabes que voy a darte la carretilla, así que sería justo que a cambio hicieras algo por mí”.

Hans le dijo: “Faltaría más, pero préstame el farol, pues la noche está tan oscura que tengo miedo de que pueda caerme al canal”.

El Molinero le puso una de sus famosas excusas y Hans se conformó. Se abrigó y se puso en camino bajo la tormenta. Cuando llegó a casa del médico llamó a la puerta y le contó lo que pasaba: “El hijo del Molinero se ha caído de una escalera, y está herido, y el Molinero dice que vaya usted enseguida”.

El médico cogió su caballo y su farol y se marchó. Hans le siguió con dificultad. Al cabo de un rato se perdió y se cayó por un agujero. Al día siguiente lo encontraron muerto unos cabreros.

Todo el mundo fue al funeral del pequeño Hans, porque era una persona muy conocida. Y allí estaba el Molinero, presidiendo el duelo, pensando que era su derecho, al ser su mejor amigo. Y se puso a la cabeza del cortejo fúnebre envuelto en una capa negra muy larga y, de vez en cuando, se limpiaba los ojos con un gran pañuelo.

Acabado el funeral, se reunieron los asistentes en la taberna para tomar algo. El herrero dijo: “Ha sido una gran pérdida para todos nosotros”. A lo que el Molinero replicó: “Una gran pérdida, al menos para mí, porque resulta que le había hecho el favor de regalarle mi carretilla, y ahora no sé qué hacer con ella. En casa me estorba y está en tan mal estado, que no creo que me den nada por ella. Pero, de ahora en adelante, tendré mucho cuidado en no volver a regalar nada. Hace uno un favor y mira cómo te lo pagan”.

-¿Qué fue del Molinero? -preguntó la Rata de Agua.

-Ni lo sé, ni me importa -contestó el Pinzón.

-No tiene usted sentimientos -dijo la Rata de Agua.

-No ha comprendido usted la moraleja del cuento -observó el Pinzón.

-¡Quiere decir que ese cuento tenía moraleja!

-Pues sí -dijo el Pinzón.

-Debería habérmelo dicho antes de empezar. Y así me habría ahorrado escucharle -dijo la Rata de Agua, tras lo cual, se fue.

-¿Qué le parece a usted la Rata de Agua? -preguntó la Pata.

-Siento mucho haberle molestado -contestó el Pinzón-. El hecho es que le conté un cuento con moraleja.

-Ah, pues eso es siempre muy peligroso -concluyó la Pata.

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